Valores Mínimos Para Crear En La Escuela.

Reynaldo Álvares Millán
Consultor Gerencial
rhalvares@gmail.com
Compartir con los demás

            Toda práctica educativa, como defendió con tanto empeño Paulo Freire, implica una concepción del ser humano y del mundo. La Cultura de Paz a través de la educación responde a una concepción del mundo que aspira a que prevalezcan los derechos humanos y la justicia social. Ambas cuestiones – educación y justicia social – no han caminado tradicionalmente juntas y han supuesto, en muchos momentos, controversias irreconciliables.

Considerarlas unidas, en estos momentos, significa reconocer: primero, la exigencia y presión de la situación real del mundo y su proyección de un futuro posible que demanda reformas imperiosas que respondan al deber moral y político de construir una cultura de la paz; segundo, la aceptación de la educación como empresa moral y política que constituye un cúmulo de prácticas sociales que siempre plantean cuestiones sobre los propósitos y criterios para la acción, sobre la aplicación de recursos y sobre la responsabilidad y las consecuencias de dicha acción; tercero, el análisis crítico del papel desempeñado por la institución escolar en la deslegitimación de las desigualdades sociales a través de su estructura u organización como de su propuesta curricular (Connell, 1997); y cuarto, la incapacidad de la sociedad de producir transformaciones en otros ámbitos que implica que estas se conduzcan a través casi siempre de la educación.

Por otro parte, esta controversia nos lleva a considerar que la formación de la ciudadanía debe ser un factor de cohesión social que tenga en cuenta la diversidad de los individuos y de los grupos humanos y al mismo tiempo evite cualquier tipo de exclusión. Así la educación para Cultura de paz se ve obligada a asegurar que cada persona se sitúe dentro de la comunidad a la que pertenece, al mismo tiempo que se le suministran los medios de apertura a otras comunidades.

La Cultura de Paz es por esencia una cultura de la cooperación que implica para los centros educativos la exigencia de una verdadera concienciación sobre su doble papel: educativo y como instrumento para el cambio social. Compartir con los demás implica para la educación una reformulación de la organización escolar, redimensiona el papel de la cooperación como método pedagógico y constituye un desafío para la función docente.

Como señala al respecto Jurjo Torres (1994) se hace necesaria la reconstrucción colectiva de la realidad dado que si “la institución es parte importante en la estrategia para preparar a sujetos, activos, críticos, solidarios y democráticos para una sociedad que queremos transformar en esa dirección, es obvio que en semejante misión podremos o no tener éxito, en la medida en que las aulas y centros escolares se conviertan en un espacio donde esa misma sociedad que nos rodea la podamos someter a revisión y crítica, y desarrollemos aquellas destrezas imprescindibles para participar y perfeccionar la comunidad concreta y específica de la que formamos parte”.

Esto significa la creación de una cultura cooperativa en los centros educativos caracterizada por los siguientes rasgos (Fullan, M- Hargreaves, A. 1997): compromiso con el auto.perfeccionamiento; presencia de la cooperación en todos los aspectos de la vida escolar; amplio acuerdo y consenso sobre los valores educativos solidarios; creación y mantenimiento de un ambiente de trabajo satisfactorio y productivo; desarrollo de la confianza colectiva necesaria para responder de manera crítica al cambio; y reflexión en la acción, sobre la acción y en relación con la acción. Como sugiere Stephen J. Ball (1989): “Cuanto más involucrados personalmente están los protagonistas de la organización, tanto más probable es que deseen influir en su práctica y su ethos para cambiar la organización y convertirla en el tipo de lugar donde quisieran seguir trabajando y enorgullecerse de ella”.

Para que los protagonistas directos e indirectos de la educación puedan implicarse es necesario asegurar su participación a través de los canales democráticos ya establecidos que definen y orientan la organización escolar. Pero como muy bien ha expresado Santos Guerra (2000): “Participar es comprometerse con la escuela. Es opinar, colaborar, criticar, decidir, exigir, proponer, trabajar, informar e informarse, pensar, luchar por una escuela mejor”.

Y esto, como añade este autor en otro lugar, porque “La democracia no se da a los miembros de la comunidad educativa como algo acabado, como un logro ya ultimado. Es, por el contrario, una construcción en constante dinamismo, una tarea inacabada, un reto permanente, una utopía inalcanzable pero siempre perseguible”.

Compartir con los demás – principio que remite a la cooperación y la participación- se concreta, entre otros, en los siguientes objetivos educativos: 1/ Proporcionar experiencias reales de cooperación, solidaridad y responsabilidad, que favorezcan el aprendizaje de las capacidades con ellas relacionadas, con la participación de todos los miembros de la comunidad educativa; 2/ Mejorar las relaciones, así como la integración de todos los sectores que intervienen en la organización escolar; 3/ Favorecer el trabajo en equipo, el reparto de tareas, la colaboración y la búsqueda compartida de soluciones a los problemas que la organización escolar y la vida escolar genera; 4/ Fomentar la participación responsable en cada una de las unidades organizativas del centro de modo que este alcance los objetivos propuestos en el proyecto de centro de manera coordinada a través del trabajo cooperativo.

Escuchar para entender

Los principios anteriores requieren de la escucha activa para hacer del diálogo, no sólo la constatación, presencia o existencia de puntos de vista y de valores opuestos, sino una disposición decidida a favor de la democracia. El diálogo implica la tolerancia y el respeto a las diferencias como clave esencial de la práctica democrática en la que los actores prestan atención activa con su pensamiento y acción a las diferentes opiniones, creencias y valores que difieren de los propios.

Y es, por otro lado, elemento imprescindible de la cooperación y constituye la esencia de la Cultura de Paz que reside primeramente en el encuentro entre las personas y sus realidades históricas y éticas diversas. Encuentro y descubrimiento que a través del aprendizaje dialógico favorece y permite el consenso sobre un conjunto mínimo de valores sobre el que construir y organizar un mundo donde las necesidades humanas básicas de todos sean satisfechas, superando así las tensiones y los conflictos a través del respeto y ejercicio de los derechos humanos.

“Convivir juntos” fundamento de la paz exige pues una relación “yo” y “tú” sin imposiciones, en la que cada cual advierte un intercambio y beneficio recíproco desinteresado de manera que a través de esa experiencia se van creando, poco a poco, mayores espacios de confianza. Para hacer realidad la Cultura de Paz son necesarias tres condiciones que coinciden, como señaló Lacroix (1968), en aquellas que hacen posible el diálogo: la fe en el progreso de la humanidad; el rechazo de la violencia, y la referencia a unos valores. La paz a través de la cultura es desde hace años el eje central de una ética global discursiva que otorga al diálogo el papel principal de un proceder y una manera de conducirse en la que tratan de satisfacerse intereses universalizables determinados por los principios básicos contenidos en los derechos humanos.

En el ámbito educativo, “escuchar para entender”, es decir, el diálogo, requiere, como ha indicado Jurjo Torres (1991) que el profesorado genere “un clima de reflexión y debate sincero, sin temores ni disimulos, acerca del porqué de los contenidos culturales con los que trabajan y cómo lo hacen; sobre qué dimensiones de la realidad, con qué fuentes y con qué metodología facilitamos la reflexión de nuestros alumnos y alumnas, les permitimos comprender su realidad y les capacitamos para seguir analizando y poder intervenir solidaria, democrática y eficazmente en las diversas esferas de la vida en su comunidad”. Para hacer efectivo ese clima de reflexión es imprescindible el respeto del otro basado en el valor de la tolerancia que es un contenido y una finalidad de la educación que parte del hecho de que nuestra vida, individual y colectiva, está sobresaltada de conflictos, expuesta a las diferencias y condicionada por diferentes y legítimas visiones de cómo organizar la sociedad en la que podamos desarrollar plenamente nuestros proyectos individuales y colectivos.

No es extraño pues que la Cultura de Paz tenga en el respeto a la diversidad uno de sus fundamentos. Y exija por consiguiente una acción educativa en y para la tolerancia que implica (Ortega y otros, 1996): 1/Promover el diálogo y el consenso como forma de resolver los conflictos; 2/ Desarrollar la conciencia de pertenencia a una misma comunidad por encima de la diversidad de creencias e ideologías; 3/ Reconocer y promocionar la diversidad cultural como elemento enriquecedor, no desintegrador de una sociedad; 4/ Promover el reconocimiento de la dignidad de toda persona y el respeto a las creencias y formas de vida de cada individuo; 5/ Tomar conciencia de que la uniformidad y la imposición sólo llevan a la pobreza intelectual y a la pérdida de la libertad; 6/ Entender la tolerancia como un estilo y forma de vida.

            El diálogo es un principio y un método pedagógico que orienta todo proceso de enseñanza-aprendizaje e inspira los siguientes objetivos: i) Reconocer y respetar en todos los miembros de la comunidad educativa el potencial y la riqueza que aportan a la acción educativa, para que, a partir de su propia realidad y experiencias se posibilite la educación; ii) Propiciar aprendizajes dentro de un clima democrático de convivencia escolar basado en la búsqueda del consenso; iii) Hacer realidad en la vida de los centros educativos un comportamiento ético respetando y reconociendo las identidades culturales y orientando la formación dada hacia el desarrollo de un compromiso con las problemáticas sociales en la búsqueda de soluciones creativas y pacíficas; iv) Programar actividades para conocer y analizar críticamente la realidad social, política, cultural y económica desde la construcción colectiva de conocimientos y valores……..

Continuara…

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Acerca de Reynaldo Alvares Millan

Profesional que aplica coaching a aquellas personas que quieren realizar un cambio en su vida a través de su propio desarrollo personal positivo, que siempre comienza a nivel interno y sea capaz de conseguir sus objetivos al hacerse consciente de sus creencias, sus valores y su entorno.
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