VALORES FAMILIARES

Reynaldo Álvares Millán
Consultor Gerencial
rhalvares@gmail.com

A la mayoría de nosotros se nos pueden ocurrir valores básicos que debiera tener la sociedad y el mundo ideal para nosotros y nuestros hijos: igualdad de derechos entre personas, rechazo a todo tipo de discriminación, respeto entre todos y a todas las culturas…
Después salimos a la calle pensando en el trabajo, la compra, el seguro del carro… y se nos olvidan todos esos buenos propósitos. De pronto queremos ser los primeros en salir del autobús, nos irrita ese carro despistado que circula tan lentamente, protestamos de malos modos al vigilante, dejamos que nuestra pareja haga todas las tareas mientras nosotros “descansamos del duro trabajo”… y así día tras día ante la atenta mirada de los niños que, ya se sabe, lo absorben todo como esponjas.
Como es sabido los niños están aprendiendo continuamente de sus padres y madres, no sólo lo que estos les cuentan sino, sobre todo, lo que ven en ellos, cómo actúan, cómo reaccionan ante los problemas…
Por ello, la mejor forma de trasmitir valores es no aplicar la tan popular frase de “haz lo que yo digo y no lo que yo hago”.
Si queremos un mundo mejor para todos hay que empezar por crearlo nosotros mismos y “hacer lo que decimos”.

¿A qué nos referimos cuando hablamos de valores?

Hay bastante acuerdo en considerar los valores como normas de conducta y actitudes según las cuales nos comportamos, que son coherentes con aquello que consideramos correcto y que dan forma a nuestra manera de ser y de sentir.
La adquisición de buenos valores depende, como casi todo en la vida de los niños, de sentirse querido y seguro, de desarrollar relaciones estables con sus padres y madres y de tener confianza en sí mismos. Por otra parte, la coherencia entre los valores que se quiere trasmitir y la forma en que se actúa es fundamental. El ejemplo que den los padres y madres en su forma de relacionarse con los demás, de pedir las cosas, de repartir lo que les gusta, de renunciar a algo, de defender a alguien, etc. es lo más importante. En esa coherencia está la respuesta a la pregunta de si es posible que los hijos aprecien los mismos valores que a sus padres y madres les parecen importantes. Por otro lado, no podemos olvidar asegurarnos que los valores que tenemos son realmente lo mejor que podemos ofrecerles.

Existen distintos tipos de valores:

Valores familiares: Hacen referencia a lo que la familia considera que está bien o mal. Tiene que ver con los valores personales de los padres, madres, abuelas…
Valores personales: Son aquellos que cada persona considera imprescindibles y sobre los cuales construye su vida y sus relaciones con los demás. Normalmente suelen ser una combinación de valores familiares y socio-culturales, además de los que cada uno va aportándose a sí mismo según sus vivencias personales, su encuentro con otras personas, culturas…
Valores socioculturales: Son los valores que imperan en la sociedad en el momento en que vivimos. Son valores que van cambiando a lo largo de la historia y pueden coincidir o no con los valores familiares. Puede ser que la familia comparta los valores que se consideran correctos a nivel social o que, al contrario, no los comparta y eduque a sus hijos según otros valores. De hecho, los niños descubren demasiado pronto que en el ámbito social se “valora” sobre todo el consumismo, el triunfo personal y social a cualquier precio, la falta de respeto a otras personas, las actitudes racistas… Los valores familiares determinarán, en gran medida, el buen criterio de los niños para considerar esos “contravalores” como aceptables o reprobables.

No podemos olvidar, junto a estos, otro tipo de valores como son los espirituales, materiales, éticos o morales. De cualquier modo, sí hay que tener presente que los valores no se trasmiten por arte de magia, ni se enseñan independientemente del resto de las cosas; sino a través de la cotidianidad, del ejemplo práctico, del comportamiento en el día a día. Por todo ello, si queremos que los niños sean:

Razonables; hay que razonar con ellos desde el primer día.
Respetuosos; hay que intentar compartir las decisiones de pareja, sin recriminaciones, de forma tranquila.
Críticos; los esteriotipos donde más se fomentan es en el hogar ¿quién es el qué plancha?, ¿quién el que cocina?, ¿quién cambia las bombillas?… A todos nos preocupan las influencias externas. Algo sencillo que se puede hacer es hablar, comentar con los niños sobre la opinión que nos merecen las actuaciones de los demás, las opciones de otros contradigan o no nuestros propios valores.

Para terminar nos parece importante recordar, que en las relaciones de los padres-madres con las hijos no debe haber vencedores ni vencidos.
Seguramente, habrá que cambiar muchas de nuestras actitudes para poder llegar a los objetivos que tiene todo padre y madre, que son hacer de sus hijos personas libres, seguras, tranquilas y con seguridad en sí mismas. Muchos son los padres y madres que dicen “pero si yo ya hablo con mis hijos” . Sin embargo, al pensarlo detenidamente se dan cuenta que su actitud no es la de una persona que valora el llegar a acuerdos, como forma de solucionar conflictos, para que no gane ni pierda nadie, sino la de intransigentes que consideran tener siempre la razón y tratan de imponérsela a los demás.
Los niños tienen la base de su vida en su familia para crecer equilibrados, satisfechos y seguros de sí mismos, siempre que las relaciones que se vivan en esa familia sean sanas y sin ansiedad.

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Acerca de Reynaldo Alvares Millan

Profesional que aplica coaching a aquellas personas que quieren realizar un cambio en su vida a través de su propio desarrollo personal positivo, que siempre comienza a nivel interno y sea capaz de conseguir sus objetivos al hacerse consciente de sus creencias, sus valores y su entorno.
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